El librero peligroso
Otra vez le han detenido. Pong Yat-ming tiene un largo historial de detenciones. De vez en cuando su nombre vuelve a salir en los medios. Hoy mismo - 24 de marzo de 2026 - ha vuelto a ocurrir: Pong Yat-ming es el dueño de una librería catalogada intencionalmente como “independiente”. Pong Yat-ming vende libros. Peor aún, vende libros en Hong Kong y eso es problemático.
La última noticia que le ha puesto en el disparadero es que en su librería - él y su equipo - venden libros “sediciosos” incluyendo la biografía del periodista encarcelado y sentenciado a 20 años de prisión Jimmy Lai. Son libros que no le hacen ninguna gracia al régimen chino y por el que cada cierto tiempo, Pong debe pasar por el juzgado.
La Book Punch me quedaba a escasos 5 minutos de mi habitación el tiempo que estuve viviendo en Hong Kong. Para ser precisos viví en Kowloon, la “otra parte” en la península que está conectada con la isla. Fui varias veces a Book Punch y durante aquellas semanas recuerdo que habían sufrido una inundación y que días después, detuvieron a Pong, aquella vez por haber facilitado un espacio para un curso de español de forma illegal.
Como tantas otras librerías de Hong Kong, no es fácil de encontrar. Está en un edificio mal indicado del barrio de Sham Shui Po, cerca de la estación de nombre colonial Prince Edward. La librería convive con más tiendas y residencias privadas. La entrada es estrecha, plagada de buzones diminutos y metálicos a los lados y donde una bedel con cara de pocos amigos - así son los hongkoneses - indica con admirable desidia que para llegar a Punch hay que subir en un estrechísimo ascensor plagado de pegatinas, stickers y frases a boli. No lo parece, pero es un lugar encantador.
Las veces que fui me sentí frustrada porque me quedé con las ganas de llevarme muchos más libros pero la gran mayoría, como es lógico, están escritos en mandarín o cantonés. Solo pude comprar algunos fanzines y un par de ensayos en inglés pero recuerdo perfectamente los libros “sediciosos” apilados en la mesa principal: muchos sobre política y protestas en Hong Kong.
En mis trayectos en metro hacia Central - la estación más concurrida de la isla de Hong Kong - nunca vi a nadie con un libro en las manos. Y no exagero. Nunca. “Será que los leen electrónicos” me decían repetidamente los amigos hongkoneses a quienes les lanzaba con malicia y queja el comentario. Yo les miraba con una mueca de superioridad, de “venga, ya. Tú tampoco lees, admítelo”.
No entraré en la polémica de si leer te hace ser mejor o peor persona. Depende de lo que leas, defiendo. En Hong Kong no parece que la lectura sea un hábito, al menos público. Siempre me extrañó teniendo en cuenta el palmarés cultural de una ciudad que ha sido la inspiración y paisaje de artistas, escritores y fotógrafos como Fan Ho, Wong Kar-Wai, Greg Girard, Eileen Chang, Ann Hu, Keith Macgregor, Dung Ki-Cheung o Anita Mui entre otros muchos. A mis ojos de extranjera, la relevancia cultural de Hong Kong se ha ido apagando - “Hong Kong ya no es lo que era” es un mantra - aunque constantemente reivindican, cuando no vanaglorian, su pasado dorado.
También da pistas la configuración urbana de la ciudad: las librerías rarísima vez están a pie de calle. En Hong Kong lo que manda es comprar y vender, y cuanto más mejor. En esta ciudad se siente el dinero caminando, se respiran las notas de perfumes carísimos, se nota en el peso de las bolsas de marcas de lujo, abiertas incluso en las estaciones de metro. “Money-driven people” me repiten en decenas de conversaciones. ¿Tan incompatibles son las librerías?
Con esto no quiero decir que no haya librerías: las hay Greenfield, Cultural Core, Sun Ah Book Centre... Y bibliotecas. Y lectores pero no como cabría esperar de la mismísima Hong Kong. Solo tengo registrada My Bookroom en la fascinante zona de Mong Kok, una enorme y destartalada librería de segunda mano a pie de calle en la que hay que hacer verdaderos equilibrios para no acabar sepultado por un torreón de libros.
Para comprar libros hay que rebuscar en edificios o entrar en centros comerciales como el Star House (ni de lejos todos tienen librerías) y subir hasta la última planta donde a menudo suena música clásica para sublimar la compra. Bien lo describe Blas Piñero en su maravilloso ensayo Hong Kong bajo la lluvia.
Precisamente el traductor español, quien lleva más de veinte años viviendo en Hong Kong reflexiona sobre los índices de lectura, las protestas de los últimos años como la Revolución de los Paraguas en 2014 y las constantes intromisiones de China - como el intento de implantar la extradición o reducir las horas de cantonés en los colegios - en la delicada política de Hong Kong. A este respecto, subrayé una idea de Piñero sobre la idea de democracia al otro lado del charco:
“Aparece de nuevo el miedo atávico de la cultura china a todo aquello que suena a libertad, que es vista como caos”
Los libros son lo opuesto al caos. Le hacen frente. Pueden ser radicales.
Si escribo sobre esto es porque el día 1 de diciembre de 2025 me enamoré de Hong Kong ciegamente. Los flechazos se graban con tinta en el alma. Desde entonces una sensación de posesión hacia la ciudad me hace pensar en ella como si ya fuera algo mío, incluso en la lejanía.
Con la comodidad de quien puede pisar bombas sin sufrir las consecuencias, escribo sobre un librero hongkonés hostigado y perseguido por vender libros, el más peligroso de los oficios y uno de los que más admiro pero confío. Confío en la resistencia que ha sido el latido de los hongkoneses. Me contagio para evitar caer en el desamor hacia una ciudad que a veces parece una ficción hecha de imposibles.




